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Bon Scott, el niño problema, en el 77. © http://www.usonica.com
Brian Johnson, saludando a los fundamentalistas religiosos. © http://metaleros.tv
El gran tema tabú entre conocedores y seguidores de AC/DC. Como buen melómano rockero, sé que debo aceptar a ambos y que compararlos es caer en el agujero de la trivialidad, una actividad impura y pecaminosa, escupir a los pies de la cruz de la santísima biunidad en el altar camino al infierno. Porque para muchos son dos personas en un solo espíritu, como queriendo obviar la parte trágica de esta historia. Mandaré al diablo los dogmas, (estos y todos los demás jaja) acepto que más de alguna vez en mi vida me atreví a comparar a estos dos mounstros. ¿Quién canta mejor? ¿Quién se entrega más a la música? ¿Quién es más apasionado en el escenario? Entonces… ¿Con quién me quedo? Después de azotarme para expiar el pecado, y meditar acompañado de humos relajantes y anti-psicosomáticos, le entrego mi preferencia y devoción a Bon Scott. Inmediatamente, trato de justificar mi respuesta. Los dos han concedido un gran legado de compromiso, satisfacción, emoción y éxtasis a miles de personas por muchos años, y también a la historia de la buena música. Esto es invaluable, y mi alma estará agradecida por toda la eternidad. Además, el trabajo de Brian fue brillante y también titánico: levantar a una gran banda con un futuro precario y hacerse un lugarcito en el corazón de los seguidores. No fue fácil ocupar el puesto de Bon, pero supo cómo hacerlo y se entregó por completo a ello. Gracias Brian. Pero Bon… Bon Scott es la encarnación de la rebeldía y fuerza con la que Dios creó al hijo despreciado e incomprendido de la música. Bon era el “rockero natural”, sin maquillaje, sin pretensiones de grandeza, sin hambre de fama o dinero (comenzó como chofer de la banda); era el animal salvaje que simplemente vive para obedecer su instinto, el instinto de entregarse con devoción al Rock. El no actuaba en el escenario, se dejaba poseer por la fuerza del Rock; no buscaba ganarse al público, su esencia y carisma lo atraía. Su chillona e inconfundible voz es el tambor causante del trance y desposesión del alma en el oscuro ritual de la tribu paria originada del blues y hermanos, a finales de los 60’s. Por eso me quedo con Bon. Y porque también le dio la voz a mi consentida y favorita de AC/DC, esa que me hace sentir al lado de Bon por 2:35 minutos, esa que quedó olvidada en el lado B de Highway To Hell, pero que personifica el palabrerío de arriba, es Bon Scott convertido en música, Get It Hot.
Lluvia, demasiada, fiereza de la madre tierra; lágrimas, vestigio de nuestra humanidad. En el año 2005, la tormenta tropical Stan le metió un golpe en los huevos entre las piernas a Guatemala. En el tiempo que tardan en leer esto, una aldea entera era reclamada por la madre tierra, talvez en un intento de devolverse un pedazo de lo que le hemos arrebatado. Miles de almas disparadas a los cielos, miles de restos podridos y hediondos bajo el lodo. Dolor y sufrimiento rebalsando el tarro de la sensibilidad. Pocos días después, regresó un puño de sobrevivientes a reclamar sus queridos cadáveres. Inútil. Dieron vuelta a sus pies y se largaron. Panabaj ahora es un cementerio, enorme. Pero alguien no se rindió. Es más, siempre estuvo allí, al lado de los corrompidos restos de su amo, imposible de recuperar de las entrañas de la tierra. El perro de Panabaj. Resistió sol, lluvia, hambre, maltratos, pedradas, patadas y demás caricias humanas. Daba vueltas, se sentaba, se paraba, no entendía la situación con claridad. Aullaba, todo el tiempo. Lloraba, estaba herido en ese lugar donde el dolor no se soporta, el alma. Pero estaba decidido a quedarse. Un sentimiento muy fuerte, que nosotros no logramos entender, lo esclavizaba a ese montón de lodo. Talvez la figura de su amo dándole de comer, brindándole cariño y calor. O talvez no. De cualquier forma un perro es leal a su amo. El resto del país se entero de su existencia y fidelidad a través de un noticiero. Las reacciones: indiferencia, lástima, resentimiento (¿cómo es posible que un pinche perro nos dé una lección de humanidad?), etc. Su endeble presencia paso de ser inadvertida a ser molesta, entorpeciendo las labores de rescate y recuperación. Se le toleró por varios días, pero su voluntad acabo con la paciencia de nuestras inservibles autoridades. Me pregunto qué sentimiento habrá conquistado a la conciencia del alcalde, cuando tomo la decisión más inesperada, innecesaria, cruel, inexplicable… ¡mátenlo! Recordemos que nuestro país tiene un puesto importante en el podio de la violencia, y esa es la forma usual de resolver muchos problemas. El perro dejo de ser un estorbo, paso a ser una víctima más del deterioro moral que nos estrangula. Consolémonos con saber que finalmente, en algún lugar, pudo encontrarse con su querido dueño. Que no se preocupe, acá abajo en este valle de desolación, nadie va a extrañarlo. A veces quisiera estar acompañándolo.
Esta imagen sólo es ilustrativa. © Al Día, Guatemala.
Antes una moda. Desde hace un tiempo los lentes oscuros ocupan el primer plano en las fotos de la mayoría de la gente, en especial las fotos de perfil personal colgadas en sus cuentas que se multiplican como ratas en las principales redes sociales globales. No más a los lentes como un accesorio útil contra los irritantes y perversos rayos de sol, mucho menos como una moda, ni imaginar un lujo. Se convirtieron en la máscara permanente que se utiliza todos los días (complaciendo a los que disfrutan hacer el ridículo el día de brujas), para proteger la imperiosa necesidad de ocultar esos errores del creador, de evaporar el pánico de mostrarnos verdaderos, de protegernos, (como lo haría cualquiera al oscurecer los cristales de su auto). Hablo de ese horrible lunar o verruga o espinilla, esa mirada delatora de desvelos y excesos, esos ojos color de caca que tanta vergüenza nos les provocan (y los obliga a realizar importante inversión en lentes de contacto de color ¿más banalidad?) y un etcétera con el que me excuso por no querer continuar. Nos damos cuenta cómo esos benditos lentes se burlan de sus amos para enterar a mentes más observadoras de la nefasta falta de autoestima que le consume las entrañas a la mayoría de la población. ¿O mi aletargada percepción estará equivocada? Vamos, cualquiera se ve mucho mejor detrás de lentes oscuros, incluso yo. Dan ese toque de glamur que solo la gente bonita goza. Atrévanse a realizar una rápida búsqueda en su red social favorita (ustedes estarán más “conectados” que yo) y la mayoría de fotos serán mis cómplices. Incluso la que adorna su foto de perfil, sí, el de ustedes, el mío también. La única explicación que (hasta ahora) encuentro para defender la propagación de esta infamia, es el multitudinario virus humano del prejuicio, cuyo principal síntoma es la aversión al rechazo social.
Una muestra de cómo los lentes mejoran la imagen personal.